De hecho, me gustó y aprecié ‘Una batalla tras otra’ como un documento de nuestro tiempo precisamente porque era tan incoherente y confuso. Era un sueño febril liberal donde la narrativa era un pastiche extraño y alucinado que no podía mantenerse unido. Estaba tratando de ‘decir algo’ pero terminó completamente distorsionado. Era ferviente y emocionado al servicio de nada.