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Hay un momento en las revoluciones - un punto preciso y reconocible históricamente - cuando un viejo, brutal y endurecido régimen aún despliega sus fuerzas, pero algo se quiebra en su determinación. Se puede sentir, y luego el público lo siente: el miedo ha cambiado de bando.
Los opresores ya no están tan seguros como antes de usar la fuerza. No pueden competir con el simple número, con las masas llenando las calles. Crucialmente, sus propios hombres comienzan a dudar. Las fuerzas de seguridad se muestran reacias a disparar contra los manifestantes; muchos tienen familiares entre ellos, o dudan de que el régimen que están defendiendo sobrevivirá.
Esta dinámica está bien documentada en casos revolucionarios. En Irán en 1978-79, el régimen del Shah mantenía una abrumadora superioridad militar, sin embargo, su parálisis provenía de la lealtad fracturada dentro de las fuerzas armadas y la policía. En Europa del Este en 1989, los regímenes colapsaron no porque los manifestantes derrotaran al estado militarmente, sino porque las élites de seguridad perdieron la confianza en que la represión restauraría el control - lo más famoso en la caída del Muro de Berlín, cuando se emitieron órdenes pero nadie estaba dispuesto a hacerlas cumplir.
Patrones similares aparecieron durante las primeras etapas de los levantamientos árabes, especialmente en Túnez y Egipto, donde la negativa del ejército a suprimir completamente las protestas masivas resultó decisiva.
Ese momento es también cuando los regímenes comienzan a cambiar su lenguaje. Hacen ofertas. Emiten declaraciones reconociendo las “preocupaciones legítimas” de los manifestantes o figuras de la oposición. Lanzan propuestas de diálogo o negociaciones. Lejos de señalar fuerza, estos cambios marcan repetidamente el punto en el que una situación revolucionaria alcanza su punto máximo. Tales gestos a menudo confirman lo que los manifestantes ya sospechan: que las herramientas primarias del régimen, el miedo y la violencia, ya no están funcionando. Que el estado está muriendo.
La investigación en ciencias políticas sobre el colapso autoritario apoya este patrón. Las revoluciones rara vez tienen éxito solo por la movilización popular; tienen éxito cuando las instituciones coercitivas se fragmentan. Una vez que la incertidumbre se extiende dentro del aparato de seguridad, el colapso del régimen se convierte en una cuestión de tiempo.
La República Islámica aún posee una formidable capacidad represiva. Sin embargo, las señales - vacilación, mensajes contradictorios, demostración de miedo al cortar internet - sugieren un liderazgo consciente de que puede que ya no pueda confiar en la obediencia.
Históricamente, esa conciencia es uno de los indicadores más claros de que un sistema autoritario está entrando en su fase más peligrosa y potencialmente decisiva.
Se siente muy cerca.
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